PERSEVERANDO EN LA FE CON  MARÍA

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"El Camino de María"

Newsletter 49

Marisa y Eduardo Vinante

Directores de Contenido

 

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La Santísima Virgen y el Adviento

 

 
...Viene Cristo, el Príncipe de la paz! Prepararnos para su nacimiento significa despertar en nosotros y en el mundo entero la esperanza de la paz. La paz, ante todo, en los corazones, que se construye deponiendo las armas del rencor, de la venganza y de toda forma de egoísmo.

El mundo tiene mucha necesidad de esta paz. Pienso con profundo dolor, de modo especial, en los últimos episodios de violencia en Oriente Próximo y en el continente africano, así como en los que la crónica diaria registra en muchas otras partes de la tierra. Renuevo mi llamamiento a los responsables de las grandes religiones:  unamos nuestras fuerzas para predicar la no violencia, el perdón y la reconciliación. "Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra" (Mt 5, 4)

En este itinerario de espera y esperanza, que es el Adviento, la comunidad eclesial se identifica más que nunca con la Virgen santísima. Que la Virgen de la espera, nos ayude a abrir nuestro corazón a Aquel que trae, con su venida a nosotros, el don inestimable de la paz a la humanidad entera. (Juan Pablo II, Ángelus, Domingo 30 de noviembre de 2003)
 

 

"Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas" (Lc 3, 4).

En este segundo domingo de Adviento resuena con vigor esta invitación de san Juan el Bautista, un grito profético que sigue resonando a lo largo de los siglos.

Lo escuchamos también en nuestra época, mientras la humanidad prosigue su camino en la historia. A los hombres del tercer milenio, en busca de serenidad y paz, san Juan Bautista les indica el camino que es preciso recorrer.

Toda la liturgia del Adviento se hace eco del Precursor, invitándonos a ir al encuentro de Cristo, que viene a salvarnos. Nos preparamos para recordar de nuevo su nacimiento, que tuvo lugar en Belén hace cerca de dos mil años; renovamos nuestra fe en su venida gloriosa al final de los tiempos. Al mismo tiempo, nos disponemos a reconocerlo presente en medio de nosotros, pues nos visita también en las personas y en los acontecimientos diarios.

Nuestro modelo y guía en este itinerario espiritual típico del Adviento es María, que es mucho más bienaventurada por haber creído en Cristo que por haberlo engendrado físicamente (cf. san Agustín, Sermón 25, 7:  PL 46, 937). En ella, preservada inmaculada de todo pecado y llena de gracia, Dios encontró la "tierra buena", en la que puso la semilla de la nueva humanidad.

Que la Virgen Inmaculada, a quien nos disponemos a celebrar mañana, nos ayude a preparar bien "el camino del Señor" en nosotros mismos y en el mundo.
(Juan Pablo II, Ángelus, Domingo 7 de diciembre de 2003)
 

 
«Estad siempre alegres en el Señor... El Señor está cerca» (Filipenses 4, 4-5).

Con estas palabras del apóstol Pablo, la Liturgia nos invita a la alegría. Es el tercer domingo de Adviento, llamado por este motivo domingo «Gaudete». Son las palabras con las que el Siervo de Dios, el Papa Pablo VI, quiso titular, en 1975, su memorable exhortación apostólica sobre la alegría cristiana, «Gaudete in Domino!».

El Adviento es tiempo de alegría, pues permite revivir la espera del acontecimiento más alegre de la historia: el nacimiento del Hijo de Dios de la Virgen María.

Saber que Dios no está lejos, sino cercano; que no es indiferente, sino compasivo; que no es ajeno, sino un Padre misericordioso que nos sigue con cariño en el respeto de nuestra libertad: este es motivo de una alegría profunda que las cambiantes vicisitudes cotidianas no pueden arañar.

Una característica inconfundible de la alegría cristiana es que puede convivir con el sufrimiento, pues se basa totalmente en el amor. De hecho, el Señor que «está cerca» de nosotros, hasta el punto de hacerse hombre, viene a infundirnos su alegría, la alegría de amar. Sólo así se comprende la serena dicha de los mártires incluso en medio de las pruebas, o la sonrisa de los santos de la caridad ante quien está en el dolor: una sonrisa que no ofende, sino que consuela.

«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lucas 1, 28). El anuncio del Ángel a María es una invitación a la alegría. Pidamos a la Virgen Santa el don de la alegría cristiana. (Juan Pablo II, Ángelus, Domingo 14 de diciembre de 2003)

 

 

«El reino de Dios está cerca: no tardará».
 
El Adviento reaviva la esperanza en Cristo, que vendrá para instaurar su Reino de Justicia y de Paz. Su nacimiento en Belén confirma la certeza de que Dios es fiel a sus promesas.

Puesto que el Hijo de Dios, nacido de María, está con nosotros y nos acompaña, no hemos de sentirnos solos en nuestro caminar terreno. Él nos amplía también el horizonte de nuestras aspiraciones inmediatas, para considerarlas a la luz de la Sabiduría divina. Es importante recordar que ha sido Dios quien ha tomado la iniciativa de encontrarse con nosotros. Por eso, la esperanza del Adviento consiste precisamente en prepararnos para este encuentro gozoso con Quien cambia nuestra vida para salvar a todo el género humano.
 
...Iluminemos estos días de inmediata preparación a la Navidad de Cristo con la luz y con el calor de la esperanza, queridos hermanos y hermanas... Lo pongo en manos de la materna intercesión de María, modelo y apoyo de nuestra esperanza. (Juan Pablo II, Audiencia General del 17 de diciembre de 2003).

 

CATEQUESIS DEL PAPA JUAN PABLO II

 

PORQUÉ VIENE EL SEÑOR

Audiencia General del miércoles 13 de diciembre de 1978

EL SEÑOR ESTÁ CERCA

 Audiencia General del miércoles 20 de diciembre de 1978

 POR QUÉ VIENE EL SEÑOR
 
 
Queridos hermanos y hermanas:
 
1. Por tercera vez ya en estos encuentros nuestros del miércoles vuelvo a tocar el tema del Adviento siguiendo el ritmo de la liturgia que nos introduce en la vida de la Iglesia del modo más sencillo y, a la vez, más profundo. El Concilio Vaticano II, que nos ha dado una doctrina rica y universal sobre la Iglesia, atrajo nuestra atención también hacia la liturgia. A través de ésta no sólo conocemos qué es la Iglesia, sino que experimentamos día a día de qué vive. También nosotros vivimos de ella, pues somos Iglesia: “La liturgia... contribuye en sumo grado a que los fieles expresen en su vida y manifiesten a los demás el misterio de Cristo y la naturaleza auténtica de la verdadera Iglesia. Es característico de la Iglesia ser a la vez humana y divina, visible y dotada de elementos invisibles, entregada a la acción y dada a la contemplación, presente en el mundo y, sin embargo, peregrina” (Sacrosanctum Concilium, 2).

La Iglesia ahora está viviendo el Adviento, y por ello nuestros encuentros del miércoles se centran en este período litúrgico. Adviento significa “venida”. Para penetrar en la realidad del Adviento, hasta ahora hemos procurado mirar en dirección de quién es el que viene y para quién viene. Hemos hablado, por tanto, de un Dios que al crear el mundo se revela a Sí mismo: un Dios Creador. Y el miércoles pasado hablamos del hombre. Hoy seguiremos adelante para hallar respuesta más completa a la pregunta: por qué el “Adviento”, por qué viene Dios, por qué quiere venir hasta el hombre.

La liturgia del Adviento se funda principalmente en textos de los Profetas del Antiguo Testamento. En ella habla casi todos los días el Profeta Isaías. En la historia del Pueblo de Dios de la Antigua Alianza, él era un “intérprete” particular de la promesa que este pueblo había recibido de Dios hacía tiempo en la persona del fundador de su estirpe: Abraham. Como todos los demás profetas, y quizá más que todos, Isaías reforzaba en sus contemporáneos la fe en las promesas de Dios confirmadas por la Alianza al pie del Monte Sinaí. Inculcaba sobre todo perseverancia en la expectación y fidelidad: “Pueblo de Sión, el Señor vendrá a salvar a los pueblos y hará oír su voz majestuosa para dar gozo a vuestro corazón” (cf. Is 30, 19. 30). 

Cuando Cristo estaba en el mundo aludió una y otra vez a las palabras de Isaías. Decía claramente: “Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír” (Lc 4, 21).

Los primeros capítulo del libro del Génesis 

2. La liturgia del Adviento es de carácter histórico. La expectación de la venida del Ungido (Mesías) fue un proceso histórico. De hecho impregnó toda la historia de Israel, que fue elegido precisamente para preparar la venida del Salvador. 

Pero en cierto modo nuestras consideraciones van más allá de la liturgia diaria del Adviento. Volvamos pues a la pregunta fundamental: ¿Por qué viene Dios? ¿Por qué quiere venir hasta el hombre, hasta la humanidad? Busquemos respuestas adecuadas a estas preguntas; y busquémoslas en los orígenes mismos, es decir, antes de que comenzara la historia del pueblo elegido. Este año enfocamos la atención hacia los capítulos primeros del libro del Génesis. El Adviento “histórico” no sería inteligible sin la lectura cuidadosa y el análisis de esos capítulos.

Por tanto, buscando una respuesta a la pregunta ¿”por qué” el Adviento?, debemos volver a leer otra vez atentamente toda la descripción de la creación del mundo y, en particular, de la creación del hombre. Es significativo (y ya he tenido ocasión de aludir a ello) cómo cada uno de los días de la creación terminan constatando “vio Dios ser bueno”. Y después de la creación del hombre: “...vio ser muy bueno”. Como ya dije la semana pasada, esta constatación se enlaza con la bendición de la creación y, sobre todo, con la bendición explícita del hombre. 

En toda esta descripción está ante nosotros un Dios que se complace en la verdad y en el bien, según la expresión de San Pablo (cf. 1 Cor 13, 6). Allí donde está la alegría que brota del bien, allí está el amor. Y sólo donde hay amor, existe la alegría que procede del bien. El libro del Génesis, desde los primeros capítulos, nos revela a Dios que es amor (si bien esta expresión la utilizará San Juan mucho más tarde). Es amor porque goza con el bien. Por consiguiente, la creación es a la vez donación auténtica: donde hay amor, hay don. 

El libro del Génesis señala el comienzo de la existencia del mundo y del hombre. Al interpretarla, debemos ciertamente construir, como lo ha hecho Santo Tomás de Aquino, una consiguiente filosofía del ser, filosofía en la que quedará expresado el orden mismo de la existencia. Sin embargo, el libro del Génesis habla de la creación como don. Al crear el mundo visible, Dios es el donante, y el hombre es el que recibe el don. Es aquel para quien Dios crea el mundo visible, aquel a quien Dios introduce desde los comienzos no sólo en el orden de la existencia, sino también en el orden de la donación. El hecho de que el hombre es “imagen y semejanza” de Dios significa, entre otras cosas, que es capaz de recibir el don, que es sensible a este don y que es capaz de corresponder a él. Por esto precisamente establece Dios desde el principio con el hombre -y sólo con él- la alianza. El libro del Génesis nos revela no sólo el orden natural de la existencia, sino también, a la vez y desde el principio, el orden sobrenatural de la gracia. De la gracia podemos hablar sólo si admitimos la realidad del don. Recordemos el catecismo: la gracia es el don sobrenatural de Dios por el que llegamos a ser hijos de Dios y herederos del cielo. 

Dios Salvador 

3. ¿Qué relación tecle todo esto con el Adviento?, podemos preguntarnos con razón. Contesto: El Adviento se delineó por vez primera en el horizonte de la historia del hombre cuando Dios se reveló a Sí mismo como Aquel que se complace en el bien, que ama y da. En este don al hombre Dios no se limitó a “darle” el mundo visible -esto está claro desde el principio-, sino que al dar al hombre el mundo visible, Dios quiere darse también a Sí mismo, tal como el hombre es capaz de darse, tal como “se da a sí mismo” a otro hombre: de persona a persona, es decir, darse a Sí mismo a él, admitiéndolo a la participación en sus misterios o, mejor aún, a la participación en su vida. Esto se lleva a efecto de modo palpable en las relaciones familiares de marido y mujer, de padres e hijos. He aquí por qué los Profetas se refieren muy a menudo a tales relaciones para hacer ver la imagen auténtica de Dios. 

El orden de la gracia es posible sólo “en el mundo de las personas”. Y se refiere al don que tiende siempre a la formación y comunión de las personas; de hecho, el libro del Génesis nos presenta tal donación. En él la forma de esta “comunión de personas” está delineada ya desde el principio. El hombre esta llamado a la familiaridad con Dios, a la intimidad y amistad con Él. Dios quiere ser cercano a él. Quiere hacerle partícipe de sus designios. Quiere hacerle partícipe de su vida. Quiere hacerle feliz con su misma felicidad (con su mismo Ser). 

Para todo ello es necesaria la Venida de Dios y la expectación del hombre, la disponibilidad del hombre. 

Sabemos que el primer hombre, que disfrutaba de esta inocencia virginal y de particular cercanía de su Creador, no mostró tal disponibilidad. La primera alianza de Dios con el hombre quedó interrumpida. Pero nunca cesó de parte de Dios la voluntad de salvar al hombre. No se quebrantó el orden de la gracia y, por eso, el Adviento dura siempre. 

La realidad del Adviento está expresada, entre otras, en las palabras siguientes de San Pablo: “Dios... quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4). 

Este “Dios quiere”, es justamente el Adviento y se encuentra en la base de todo adviento.

EL SEÑOR ESTÁ CERCA
 
Queridos hermanos y hermanas:

1. Nuestro encuentro de hoy nos brinda ocasión para la cuarta y última meditación sobre el Adviento. El Señor está cerca, nos lo recuerda cada día la liturgia del Adviento. Esta cercanía del Señor la sentimos todos: tanto nosotros, sacerdotes, rezando cada día las maravillosas “Antífonas mayores” del Adviento, como todos los cristianos que tratan de preparar el corazón y la conciencia para su venida. Sé que en este período los confesionarios de las iglesias de mi patria, Polonia, están asediados (no menos que en Cuaresma). Pienso que ocurra también así en Italia y dondequiera que un profundo espíritu de fe hace sentir la necesidad de abrir el alma al Señor que está para venir. La alegría mayor de esta espera del Adviento es la que viven los niños. Recuerdo que precisamente ellos iban de prisa, muy contentos a las parroquias de mi patria para las Misas de la Aurora (llamadas “Rorate...” por la palabra con que se abre la liturgia: Rorate coeli, gotead, cielos, desde arriba, Is 45, 8). Ellos contaban día tras día los “peldaños” que todavía quedaban en la “escalera celeste” por la que Jesús bajaría a la tierra, para poderlo encontrar en la Noche Buena sobre el pesebre de Belén.¡El Señor está cerca!

El pecado 

2. Hace ya una semana, hablábamos de este acercarse del Señor. Efectivamente, éste era el tercer tema de las reflexiones del miércoles, elegidas para el Adviento de este año. Hemos meditado sucesivamente, trasladándonos a los orígenes mismos de la humanidad, es decir, al libro del Génesis, las verdades fundamentales del Adviento. Dios que crea (Elohim) y en esta creación se revela simultáneamente a Sí mismo; el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, “refleja” a Dios en el mundo visible creado. Estos son los temas primeros y fundamentales de nuestras meditaciones durante el Adviento. Después, el tercer tema puede resumirse brevemente en la palabra: “gracia”. “Dios quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4). Dios quiere que el hombre se haga partícipe de su verdad, de su amor, de su misterio, para que pueda participar en la vida del mismo Dios. “El árbol de la vida” simboliza esta realidad ya desde las primeras páginas de la Sagrada Escritura. Pero en estas mismas páginas nos encontramos también con otro árbol: el libro del Génesis lo llama “el árbol de la ciencia del bien y del mal” (Gén 2, 17). Para que el hombre pueda comer el fruto del árbol de la vida, no debe tocar el fruto del árbol “de la ciencia del bien y del mal”. Esta expresión puede sonar a leyenda arcaica. Pero profundizando más en “la realidad del hombre”, como nos es dado entenderla en su historia terrena -tal como a cada uno nos habla de ella nuestra experiencia humana interior y nuestra conciencia moral-, nos damos cuenta mejor de que no podemos permanecer indiferentes, moviendo los hombros ante estas imágenes bíblicas primitivas. ¡Cuánta carga de verdad existencial contienen acerca del hombre! Verdad que cada uno de nosotros siente como propia.

Ovidio, el antiguo poeta romano, pagano, ¿acaso no ha dicho de manera explícita: “Video meliora proboque, deteriora sequor, Veo lo que es mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor” (Metamorfosis VII, 20)? Sus palabras no distan mucho de las que más tarde escribió San Pablo: “No sé lo que hago; pues no pongo por obra lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago” (cf. Rom 7, 15). El hombre mismo, después del pecado original, está entre “el bien y el mal”.

“La realidad del hombre” -la más profunda “realidad del hombre”-, parece desenvolverse continuamente entre lo que desde el principio ha sido definido como el “árbol de la vida” y “el árbol de la ciencia del bien y del mal”. Por esto, en nuestras meditaciones sobre el Adviento, que miran a las leyes fundamentales, a las realidades esenciales, no se puede excluir otro tema: esto es, el que se expresa con la palabra: pecado.

La dimensión ética de la vida humana 

3. Pecado. El catecismo nos dice, de manera sencilla y fácil de recordar, que es la transgresión del mandamiento de Dios. Indudablemente el pecado es la transgresión de un principio moral, violación de una “norma” -y sobre esto todos están de acuerdo, aún los que no quieren oír hablar de “los mandamientos de Dios”-. También ellos están concordes en admitir que las principales normas morales, los más elementales principios de conducta, sin los cuales no es posible la vida y la convivencia entre los hombres, son precisamente los que nosotros conocemos como “mandamientos de Dios”, (en particular, el cuarto, el quinto, el sexto, el séptimo y el octavo). La vida del hombre, la convivencia entre los hombres, se desarrolla en una dimensión ética, y ésta es su característica esencial, y es también la dimensión esencial de la cultura humana.

Querría, sin embargo, que hoy nos centráramos sobre aquel “primer pecado” que -a pesar de cuanto se piensa comúnmente- está descrito con tanta precisión en el libro del Génesis, que demuestra toda la profundidad de la “realidad del hombre” encerrada en él. Este pecado “nace” al mismo tiempo “del exterior”, es decir, de la tentación, y “de dentro”. La tentación se expresa con las siguientes palabras del tentador: “Sabe Dios que el día que de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal” (Gén 3, 5). El contenido de la tentación toca lo que el mismo Creador ha plasmado en el hombre -porque, de hecho, ha sido creado a “semejanza de Dios”, que quiere decir “igual que Dios”-. Toca también al anhelo de conocer qué hay en el hombre y el anhelo de dignidad. Sólo que lo uno y lo otro se falsifica de tal manera, que tanto el anhelo de conocer, como el de dignidad -es decir, la semejanza con Dios- en el hecho de la tentación son utilizados para contraponer al hombre con Dios. El tentador coloca al hombre contra Dios, sugiriéndole que Dios es su adversario, que intenta mantener al hombre en estado de “ignorancia”; que pretende “limitarlo” para subyugarlo. El tentador dice: “No, no moriréis; es que sabe Dios que el día que de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal” (Según la antigua versión: “seréis como Dios”, Gén 3, 4-5). 

Es preciso meditar, más de una vez, esta descripción “arcaica“. No sé si aún en la Sagrada Escritura se pueden encontrar otros muchos pasajes en los que se describa la realidad del pecado no sólo en su forma de origen, sino también en su esencia, esto es, donde se presente la realidad del pecado en dimensiones tan plenas y profundas, demostrando cómo el hombre haya utilizado contra Dios, precisamente lo que en él había de Dios, lo que debía servir para acercarlo a Dios. 

El Adviento 

4. ¿Por qué hablamos hoy de todo esto? Para comprender mejor el Adviento. Adviento quiere decir: Dios que viene, porque quiere que “todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4). Viene porque ha creado al mundo y al hombre por amor, y con él ha establecido el orden de la gracia.

Pero viene “por causa del pecado”, viene “a pesar del pecado”, viene para quitar el pecado.

Por eso no nos extrañamos de que, en la noche de Navidad, no encuentre sitio en las casas de Belén y deba nacer en un establo (en la cueva que servía de refugio a los animales).

Pero lo más importante es el hecho de que Él viene.

El Adviento de cada año nos recuerda que la gracia, es decir, la voluntad de Dios para salvar al hombre, es más poderosa que el pecado.

"El Señor está cerca" (San Pablo)
 
Hermanos: Estén siempre alegres en el Señor; les repito, estén alegres.
Que todo el mundo los conozca por su bondad. El Señor está cerca. Que nada los angustie; al contrario, en cualquier situación presenten sus deseos a Dios orando, suplicando y dándole gracias. Y la paz de Dios, que supera cualquier razonamiento, protegerá sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús
.
(Carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 4, 4-7)
BAJO TU AMPARO
 
Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios, no desprecies nuestras súplicas en las necesidades, antes bien líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita. 
V. Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios.
R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. Amén.

ORACIÓN

 
Inspira nuestras acciones, Señor, y acompáñalas con tu ayuda, para que toda nuestra actividad tenga en ti su inicio y en ti su cumplimiento. Por Cristo Nuestro Señor. (Actiones nostras, quesumus Domine, aspirando preveni et adjuvando prosequere, ut cuncta nostra oratio et operatio a te semper incipiat et per te cepta finiatur) .
 
Oración para pedir a Dios el don de reconocer y seguir sus inspiraciones. (Oración del jueves después de Ceniza)

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